Los exámenes son bastante cuestionados por varias razones:
- La concepción que promueven de la evaluación: "los exámenes sólo sirven para otorgar una calificación", idea que hace difícil comprender el aspecto más profundo de todo proceso evaluativo, esto es, que constituye una oportunidad para crecer más, identificar el error, y así desarrollar la capacidad metacognitiva.
- Aunque los alumnos demuestren en ellos los conocimientos adquiridos, estos instrumentos no manifiestan la capacidad para trasladarlos a la vida real.
- La calificación obtenida no necesariamente refleja el aprendizaje logrado, ya que existen variables que afectan el desempeño escolar, las cuales pueden ser objetivas (el diseño del examen no es el adecuado, por ejemplo) o subjetivas (el alumno/a no desayunó y, por lo tanto, no se siente bien, no está en forma).
- El resultado obtenido tampoco muestra el esfuerzo realizado por los alumnos/as, asunto que en la vida actual resulta mucho más educativo. Es decir, un alumno inteligente puede sacarse 10 aunque no haya asistido a todas las clases, y uno que se esforzó continuamente no obtiene una buena calificación; sin embargo, el hábito adquirido le será más útil en la vida que los conocimientos, los cuales muchas veces no se ponen en práctica.
- El otro problema es qué miden realmente los exámenes, es decir, qué queremos evaluar: cantidad de conocimientos, nombres y asuntos netamente declarativos y verbales o profundidad en el uso, habilidad para utilizarlos cuando se requieran, o la posibilidad de trasladarlos en varias situaciones. Así, los exámenes actuales cuentan más con una escala enciclopédica que con una que mida qué tan competente es un alumno.
- El otro aspecto es qué tanto sirven los exámenes para evaluar al binomio alumno-docente y no sólo al alumno, ya que únicamente se observa lo que hace el niño/a y no lo que logra el maestro, puesto que rara vez estos instrumentos son empleados como insumos para identificar las fallas del docente. Su diseño debería incluir algunos mecanismos para poder detectar de quién es el acierto o la falla.
- Las calificaciones que se otorgan no les dicen mucho a los niños y a las niñas, pero tampoco a los padres y madres de familia en el sentido de saber con exactitud cuáles son las fallas. Por ejemplo, una calificación de 10 sólo indica que el niño/a lo hace bien, pero no en qué, y viceversa, un 5 tampoco dice en qué falla. No se identifica el acierto para repetirlo y el error para evitarlo y corregirlo, lo que promovería el desarrollo de su capacidad metacognitiva.